Los eventos
2006-2007
Santa Isabel de Hungría
VIII Centenario del Nacimiento
1207-2007

“Hemos Creído en el Amor”

Carta con motivo del VIII Centenario
del Nacimiento de Santa Isabel
Princesa de Hungría, Gran Condesa de Turingia,
Penitente Franciscana
(1207 – 2007)


A todas las hermanas y hermanos de la familia franciscana,
de manera especial,
a todos las hermanas y hermanos de la Tercera Orden Regular
y de la Orden Franciscana Seglar,
que se honran en tener a Sta. Isabel como patrona;
y a todos sus devotos y admiradores:
la misericordia de Dios inunde vuestros corazones.

 

1. VIII centenario, 1207 - 2007

1.1.     El próximo año 2007, celebraremos el VIII centenario del
nacimiento de Sta. Isabel, princesa de Hungría, gran condesa de
Turingia y penitente franciscana. Este año jubilar se abrirá el 17 de
noviembre de 2006 y se cerrará el mismo día de 2007. La Tercera
Orden Franciscana la honra como patrona y toda la familia
franciscana la cuenta entre sus glorias. Queremos aprovechar esta
ocasión única para presentar su figura excepcional de entrega a Dios
Padre, en el seguimiento de Cristo y en la disolución de todo su ser
en el Dios-Amor. Queremos evocar la consunción de todas sus
fuerzas en el ejercicio de la caridad llevada hasta el heroísmo.
     Hemos creído en el amor de Dios: El papa Benedicto XVI, en la
encíclica programática de su pontificado, Deus caritas est (DC 1), nos
ha recordado que estas palabras expresan la opción fundamental del
cristiano. El amor fue el eje en torno al cual giró toda la vida de
santa Isabel. Si el comienzo y el afianzamiento de nuestra vida
cristiana no están marcados por una decisión ética sino por el
encuentro con una persona, como dice el papa, nuestro deseo es que
el año 2007 sea un encuentro con santa Isabel que nos lleve a una
comprensión más personal del amor de Dios, para que nuestra fe en
su amor salga fortalecida y nos anime a ser instrumentos de su
misericordia. Ojalá podamos hacer más nuestra esta locución que
plasma la vida de Isabel: Hemos creído en el amor.
     La estrella de santa Isabel brilla con fulgor propio en el
firmamento de la santidad y en el campo de la humanidad y de la
misericordia. Su mérito trasciende las fronteras de la Iglesia católica,
es admirada y venerada también por las confesiones luteranas; hasta
descubrimos en ella pautas universales de caridad, fraternidad y
convivencia que pueden marcar caminos en el campo del
compromiso social para todos los que se dedican a sembrar
consuelo entre la humanidad dolida.
     En su vida se cruzan actitudes que reflejan literalmente el
evangelio de Jesucristo. Aceptó con intrepidez provocativa los
postulados presentados por Jesús sobre el señorío de Dios; la
exigencia de despojarse de todo y hacerse pequeños, niños, para
entrar en el reino del Padre. Se vació de sí misma hasta hacerse
asequible a todos los menesterosos. Descubrió la presencia de Jesús
mismo en los pobres, en los rechazados por la sociedad, en los
hambrientos y enfermos (Mt, 25). Todo el empeño de su vida
consistió en vivir la misericordia de Dios-Amor y hacerla presente
en medio de aquellos que desconocían la de los hombres.

1.2.     Isabel buscó el seguimiento radical de Cristo que, siendo rico
se hizo pobre, en el más genuino estilo de Francisco. Abandonó las
ficciones y ambiciones del mundo, el boato de su corte, las
comodidades, las riquezas, los atuendos de lujo... Bajó de su castillo
y puso su tienda entre los despreciados y heridos para servirles. Fue
la primera santa franciscana canonizada; la primera que hizo realidad
los ideales de Francisco de Asís, forjada en la fragua de la vida
evangélica que éste vivió y enseñó.
     Es cierto que la efeméride que celebramos se pierde en la
penumbra de un pasado remoto, envuelta en leyendas, pero estamos
convencidos de que, si revivimos la santa que fue y lo que hizo,
saldremos enriquecidos en nuestro ser y en nuestro obrar. La
auténtica santidad y el humanismo sin fronteras están fuera del
tiempo, transcienden toda cultura. El mensaje de su existencia
traspasa los ocho siglos que nos separan de su cuna. Pero para
entender y juzgar a Isabel no podemos perder de vista que es hija de
su tiempo, del s. XIII, cuando los valores de la religión eran los
supremos en la sociedad.
     Queremos adentrarnos en su espíritu, en su corazón, y
descubrir la fuente de donde manaba su misericordia y su amor sin
límites ni distinciones. Queremos admirar y alabar a Dios por la
singularidad de Isabel, por su decisión sin componendas, por su
atrevimiento a ser distinta en su sociedad. Tales son los motivos de
estas celebraciones y de esta carta dirigida a la familia franciscana y,
con preferencia, a las hermanas y hermanos de la Tercera Orden
regular e secular.

2. Leyenda y vida de Isabel

2.1.     Su vida ha sido entretejida de leyendas que, aunque sean fruto
de la veneración y de la fantasía, plasman facetas importantes de su
personalidad. Pero, desde nuestra sensibilidad realista y pragmática,
queremos preguntarnos por la historia que late detrás de las
leyendas. Si la creación fantástica ha aderezado una Isabel fuera del
ámbito humano, ha sido para poner de manifiesto su personalidad,
su genio, su santidad única y provocativa. No podemos desechar las
leyendas que envuelven su persona y su obra como una corona. Son
los colores vivos de su imagen, son la metáfora de los hechos. Pero
queremos cribar y conocer las estructuras biográficas que tejen su
vida. Lo esencial no fueron los milagros, sino el amor que reflejan.
     Con grandes trazos esbozaremos su vida, pero nos
adentraremos en algunas de sus rasgos más característicos y
seguiremos sumariamente las etapas más decisivas de su existencia.
Nos acercaremos a ella como esposa y madre, como instrumento de
la misericordia de Dios, como penitente franciscana y fundadora,
como santa. Bajo todos estos aspectos Isabel es una figura
excepcional.

2.2.     ¿Quién fue Isabel? Una princesa de Hungría que nació en
1207, hija del rey Andrés II y de Gertrudis de Andechs-Merano. No
sabemos de cierto el lugar ni el mes ni el día de su nacimiento; nos
queda seguro el año. Según la tradición húngara y el parecer general
de muchos historiadores, su lugar de nacimiento fue el castillo de
Sárospatak, uno de los preferidos por la familia real, al norte de
Hungría. Otras voces, con menor solidez, señalan Presburgo,
actualmente capital de Eslovaquia con el nombre de Bratislava.
Como fecha del nacimiento, la tradición suele indicar el 7 de julio.
     En este año Francisco estaba batiéndose en la búsqueda de
una nueva identidad. Ya había dado un vuelco a su existencia y se
había comprometido con la locura de vivir la penitencia y enseñarla
en medio del pueblo.
     Entre los antepasados de Isabel, tanto por vía paterna como
materna, se cuentan varios santos y santas, y eminentes prelados.
     Siguiendo los usos vigentes entre la nobleza medieval, Isabel
fue prometida como esposa a un príncipe alemán de Turingia. A los
cuatro años (1211), la princesa niña emprendió el camino hacia su
nueva patria rodeada de toda clase de mimos preparados por su
madre. La entrega de la princesita a la delegación germana tuvo lugar
en Presburgo, entonces la plaza fuerte más occidental del reino de
Hungría. Esta fortaleza fue, por tanto, sólo lugar de paso y descanso
en el viaje hacia Turingia.
     Fue educada en la corte de Turingia, junto a los otros hijos de
la familia condal y junto al que sería su esposo, como se estilaba
entonces. Casó a los catorce años con Luis IV, landgrave o gran
conde de Turingia. Tuvo tres hijos. Enviudó a los veinte años.
Murió a los 24, en 1231. Fue canonizada por Gregorio IX en 1235.
Un récord de vida densa y crucificada para escalar la santidad más
elevada y ser propuesta como ejemplo imperecedero de abnegación
y entrega.
     Hay un malentendido arraigado entre en pueblo cristiano,
debido a las biografías populares y poco rigurosas que sostienen que
Isabel fue reina de Hungría. Pues bien, jamás fue reina ni de Hungría
ni de Turingia, sino princesa de Hungría y gran condesa o landgravia de
Turingia, en Alemania. Tradicionalmente se representa a Isabel con
una corona, no como reina sino como princesa o gran condesa que
también la usaba.

3. Esposa y madre

3.1.     Las compañeras y sirvientas de Isabel nos describen como su
peregrinación hacia Dios empezó en su tierna infancia (L): sus
juegos, sus ilusiones, sus oraciones apuntan desde su primeros años
hacia un más allá. Durante las etapas de su vida se pone de
manifiesto un camino ascendente de ascesis, de renuncia y
purificación como si le urgiera el crecimiento hacia una identidad
evangélica. Pasos decididos de desprendimiento interior y exterior
jalonan su corta vida hasta llegar al despojo total como Cristo en la
cruz; hasta alcanzar la unión del corazón con el Crucificado,
presente también en los pobres y pequeños.
     ¿Cómo podemos describir concretamente su camino de
elevación y purificación? En rasgos generales, vemos que hizo
realidad el programa de vida propuesto por Jesús en el Evangelio:
“El que pretenda guardar su vida, la perderá; y el que la pierda por
amor a mí o al Evangelio, la recobrará” (Lc 17, 33; Mc 8,35). “Si
alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz
y sígame” (Mc 8,34-35). La culminación de su vida consistió en
regalarla, derrocharla totalmente, olvidarse, crucificarla haciendo
bien a los demás. Sus miras estaban fijas en Dios-Amor, de quien
venía toda la luz que irradiaba su rostro y reflejaba a los
desdichados.

3.2.     Desde 1221 hasta 1227, Isabel fue ejemplar esposa, madre y
landgravia o gran condesa de Turingia, una de las mujeres de más alta
alcurnia del imperio. La posición preeminente de Isabel le venía
tanto de su condición de hija de reyes, como de ser esposa de un
príncipe elector germano, el landgrave Luis IV de Turingia.
     La boda tuvo lugar en la iglesia de san Jorge de Eisenach. Ella
tenía entonces 14 años. Había sido educada por la princesa Sofía,
madre de Luis, como un miembro más de la familia. Ambos, Luis e
Isabel, crecieron juntos y compartían como hermanos; así, el trato
común entre ellos era de “querido hermano”, “querida hermana”.
     Las relaciones matrimoniales entre ellos no eran según el estilo
común de la época, de ordinario marcadas por razones políticas o de
conveniencia, sino de afecto auténtico, fraterno y conyugal. Ambos
compartían los mismos ideales de vivencia de la fe. A ella le gustaba
acicalarse para su esposo cuando venía de un viaje lejano.
     En las fuentes aparecen una serie de detalles que demuestran
que su matrimonio no fue una imposición aceptada por obediencia,
sino que respondía a una condición vivida y compartida plenamente
dentro de una visión cristiana de la santidad matrimonial. Aquí
tenemos una de las notas de la santidad de Isabel. El matrimonio no
era contemplado entonces en la Iglesia como un camino hacia la
santidad, como lo eran la virginidad, el martirio o la vida monacal.
De la bula de canonización se desprende, sin embargo, que el papa
lo consideró como uno de los elementos que conferían novedad a la
santidad de Isabel.
     En su matrimonio maravilla la perfecta sintonía entre ambos,
el afecto, el respeto y la aceptación mutua y total. Las fuentes
primitivas destacan la comprensión de Luis hacia la inclinación
devota y caritativa de su esposa. Compartía sus mismos ideales
religiosos y misericordiosos. Pero era un soldado del Imperio, señor
y juez en su palacio y en sus dominios. Después de su muerte
(1227), fue venerado como santo por su gente.

3.3.     Ya de casada, Isabel dedicaba mucho tiempo a la oración en
las altas horas de la noche, en la misma cámara matrimonial. Sabía
que se debía a Luis totalmente, pero había oído ya la invitación del
“otro esposo” que la había invitado, “sígueme”. De este amor con
dos vertientes manaba, sin embargo, un profundo gozo y plena
satisfacción, no el conflicto de una escisión interior. Ahora diríamos
que Luis fue para ella el tierno amor terreno, sensible, inmediato de
su vida; pero un amor contemplado dentro del gran contexto
existencial de una vida y un mundo regido por Dios. Sobre todas las
circunstancias humanas, contaba el amor de Dios, el bien absoluto,
todo bien, sumo bien. Dios era el valor supremo e incondicional que
alentaba todos los otros amores al esposo, a los hijos, a los pobres.
     El milagro de las rosas que ha tejido la leyenda, no expresa
bien estas relaciones matrimoniales. Cuando Isabel se vio
sorprendida por su esposo con la falda cargada de panes, no tenía
motivo alguno para esconder sus propósitos misericordiosos al
marido. Él la apoyaba siempre en sus excesos caritativos, como se
puso de manifiesto en la hambruna de 1226 cuando vació los
graneros condales en ausencia del esposo; al volver éste y recibir
quejas de sus súbditos, aprobó incondicionalmente el
comportamiento de su esposa. No tenía razón de ser, por tanto, que
aquellos panes se convirtieran en rosas. Dios no hace milagros
inútiles. Pero, desde luego, sus gestos misericordiosos caían como
rosas en manos de los hambrientos o en las llagas de los afligidos.
Las rosas se han convertido en uno de los atributos gráficos en la
iconografía de esta santa singular.

3.4.     A los 15 años Isabel ya tuvo el primer hijo, Germán, el
heredero del trono. Le siguieron dos hijas, Sofía y Gertrudis; ésta
última nació cuando ya había muerto su esposo (1227). Ella contaba
entonces solamente 20 años.
     Cuando murió su consorte, murió también la princesa y se
acentuó la hermana penitente. Su vida cambió radicalmente. Fue
echada del castillo por su cuñado Enrique Raspe o ella lo abandonó
libremente para hacer realidad sus ideales de renuncia y pobreza
evangélicas. Se discute entre los biógrafos si fue echada o se marchó.
Entonces dejó de ser la gran condesa y empezó la época decisiva de
su vida en su camino de inmersión en Dios y de conversión en una
pobre más entre los pobres y menesterosos. Pudo realizar en parte el
ideal de pobreza y misericordia, aprendido de Francisco, que
anidaba en su corazón. Bajó al valle, a los suyos y los suyos no la
recibieron. Su respuesta a la soledad y al abandono fue el canto de
agradecimiento que pidió entonar en la capilla de los Franciscanos,
el Te Deum.

4. Isabel, penitente franciscana

4.1.     Isabel de Hungría es la figura femenina que más genuinamente
encarna el espíritu penitencial de Francisco. Se ha discutido si fue o
no terciaria franciscana. Hemos de puntualizar que en los años de
Isabel no se usaba todavía el término terciaria. Tampoco existía en la
Iglesia una categoría oficial de religiosas penitentes franciscanas de
vida comunitaria. Tal vez por esto o porque no tienen en cuenta lo
que era verdaderamente la orden medieval de la penitencia
reanimada por san Francisco, hay historiadores que, sin
fundamento, niegan globalmente su franciscanismo. Tampoco
tienen en cuenta que Isabel fue pionera en la creación de un estilo
de vida comunitaria y penitente dedicada a la misericordia, que a lo
largo de siglos ha constituido uno de los pilares del carisma terciario
franciscano. Pero en el tiempo de la muerte y canonización de esta
santa, ya había en muchos países de Europa numerosos penitentes
guiados por los frailes menores y por otros sacerdotes.

4.2.     Un primer intento de los hermanos menores de penetrar en
Alemania en 1219 fracasó por falta de preparación. Pocos años
después, en septiembre de 1221, veinticinco de ellos volvieron a
intentarlo bajo la guía del hermano alemán, Cesáreo de Espira, de
forma más planificada. En 1225, las fundaciones franciscanas en
suelo germano ya eran 18. No se trataba de grandes iglesias con
conventos, sino de humildes centros familiares de predicación. En
este año llegaron también a Eisenach, la capital de Turingia, en cuyo
castillo de Wartburgo residía la corte del gran ducado, presidida por
Luis e Isabel.
     Jordán de Giano, que acompañó esta expedición, en su
crónica de las fundaciones (1262), dice que entró en la Orden “un
laico llamado Rodrigo el cual después llegó a ser director espiritual
de santa Isabel y le enseñó a guardar la castidad, la humildad y la
paciencia; a permanecer en oración y dedicarse asiduamente a las
obras de misericordia” (FF 2352). Si Jordán nos dice que Rodrigo
era un laico cuando fue admitido, no significa que después no fuera
ordenado sacerdote y llegara a ser también confesor de Isabel. El
mismo fray Jordán entró de lego y fue ordenado sacerdote en 1223.
     La predicación de los frailes menores entre el pueblo era la
vida de la penitencia, es decir, el abandono de la vida mundana, la
práctica de la oración y de la mortificación, y el ejercicio de las obras
de misericordia. Tal fue la enseñanza que ofreció Rodrigo a Isabel, la
que habían aprendido de Francisco de Asís, atestiguada por Jordán,
que caló en su alma abonada ya para los valores del espíritu.
Recordemos que en 1225 ella tenía 18 años y estaba casada.

4.3.     Las fuentes franciscanas nos cuentan cómo Francisco optó
por la vida penitencial que consistía en una vivencia intensa y
comprometida de la fe. Se entraba en el estado penitencial con un
propósito o renuncia formal al mundo, como hizo el mismo
Francisco que siempre rehusó ser monje. El otro gesto significativo
era la toma del hábito penitencial. Se propuso seguir decididamente
a Jesús que, siendo Dios, no hizo alarde de su condición divina sino
que se hizo pobre y se abajó haciéndose uno de tantos (Fil. 2, 6-7).
Francisco demostró que la santidad podía florecer en medio del
pueblo, si se abandonaban los intereses mundanos. Dejó claro que la
santidad no era patrimonio de monjes ni anacoretas. La primera
regla de los penitentes, el Memoriale propositi, fue sancionada en 1221,
el año de la boda de Isabel.
     Esta santa vivió en carne viva esta enajenación de Dios en la
humanidad de Jesucristo. También ella bajó de su trono, se
identificó con los desheredados de la sociedad y se encarnó entre
ellos haciéndose una de tantos. Ya había demostrado que también
en los palacios y castillos se podía vivir la fe en Cristo bajo el señorío
de Dios Padre; pero luego lo hizo en el abandono y en la pobreza,
en la alegría y en el sufrimiento.

4.4.     Toda una serie de testimonios convergentes nos hablan de su
franciscanismo. Negarlo es violentar los textos y las referencias de
su vida, e ignorar la institución penitencial promovida por Francisco.
Los frailes menores la guiaron a esta vida penitencial y a través de
ellos conoció la personalidad de Francisco. Si los Franciscanos no la
guiaron hacia la penitencia, ¿hacia qué la guiaron? Los que han
querido ver en ella una “semirreligiosa” comprometida con la Orden
cisterciense no aportan ningún testimonio convincente.
     Sin embargo, los testimonios de su franciscanismo, que
aparecen en las fuentes primeras de su vida, son innegables. No
podemos entender la vida de Isabel al margen de este aspecto
fundamental. Apuntemos algunos de estos créditos, no todos, entre
los más significativos:
     - Fray Rodrigo fue su guía espiritual cuando los Franciscanos
se establecieron en Eisenach.
     - Conrado de Marburgo, el sacerdote que, después del
encuentro con fray Rodrigo, fue su director espiritual y confesor, en
su carta al papa, llamada también Summa vite, atestigua que Isabel
cedió a los frailes franciscanos una capilla en Eisenach.
     - También hilaba lana para los hábitos de los frailes menores y
para los pobres. Una pregunta: ¿Era este comportamiento
consecuencia de las enseñanzas de Francisco que, en su testamento,
instigaba a sus hermanos a vivir de su trabajo manual o, en casos de
necesidad, acudir a la mendicidad?
     - Cuando fue echada de su castillo, sola y abandonada, acudió
a los Franciscanos para que cantaran un Te Deum en acción de
gracias a Dios.
     - El maestro Conrado declaró que un Viernes Santo, el 24 de
marzo de 1228, hizo profesión pública en la capilla franciscana. En
este acto solemne estaban presentes los frailes, los parientes (sus
sirvientas) y sus hijos. Ante todos ellos, por propia voluntad, puestas
las manos sobre el altar desnudo, renunció a las pompas del mundo.
Asumió el hábito gris de penitente como signo externo; éste era el
color que vestían los frailes y los penitentes entonces.
     - Las cuatro sirvientas, interrogadas en el proceso de
canonización, también tomaron este hábito gris. Conrado alude a
esta “túnica vil” con la que Isabel quiso ser sepultada. Para ella, esta
túnica constituía un signo de capital importancia; expresaba la
profesión religiosa que le había conferido su nueva identidad.
     - El hospital que fundó en Marburgo (1229), lo puso bajo la
protección de san Francisco, canonizado nueve meses antes.
     - El autor anónimo cisterciense de Zwettl (1236), afirma que,
“vistió el hábito gris de los frailes Menores”. Este color gris, que
vestían los Franciscanos, se ha de entender en sentido muy genérico,
con una amplia gama de tonos que se puede lograr con mezclas de
lana natural blanca y negra. En este sentido apuntan las referencias
históricas de este tiempo. Los que sostienen que fue penitente
cisterciense no han tenido en cuenta esta cita.
     - El empeño demostrado por Isabel en vivir la pobreza,
regalarlo todo y dedicarse a la mendicidad, ¿no son las exigencias de
Francisco a sus seguidores?

4.5.     En las fuentes biográficas encontramos dos profesiones de
Isabel y dos maneras de profesar usadas entonces: en la primera,
todavía en vida de su esposo, puso sus manos en las del superior
(Conrado) que recibió su voto; en la segunda, más solemne y de
mayor compromiso, colocó las manos sobre el altar. También podía
hacerse depositando una declaración escrita sobre él.
     Ante todos estos testimonios, violentaríamos los textos si no
admitiéramos que Isabel fue guiada por los frailes menores, mostró
confianza y simpatía por ellos; de ellos conoció la personalidad de
Francisco y la vida penitencial que enseñó. Si fue religiosa, como el
papa aseguró y explicaremos, ¿de qué Orden formó parte?
     Después de la muerte de su marido, hubiese podido entrar en
un monasterio, como hizo su suegra Sofía, y convertirse en una
abadesa, como su tía Mechtilda. Así lo hacían muchas nobles damas
de su tiempo cuando enviudaban. Pero lo rechazó. Lo suyo no era la
vida monacal como tampoco lo fue para Francisco. Quería
permanecer entre el pueblo sin ser del pueblo, estar cercana a los
que sufrían hasta identificarse con ellos.

4.6.     La familia franciscana nunca ha tenido dudas sobre el
franciscanismo de esta santa. Desde el s. XIII ha sostenido que es
uno de sus miembros más eminentes. Pero es la Tercera Orden
Franciscana, la regular y la secular, que la honran como patrona y
siempre la han contado como la singular pionera en el ejercicio de su
carisma: conversión evangélica y obras de misericordia.
     Esta tradición viene confirmada por la iconografía, la
literatura, la devoción de todos los Franciscanos, los elencos de
santos franciscanos... Sería prolijo y hasta imposible presentar aquí
una síntesis de estos testimonios. Para ello se puede recurrir a la
abundante literatura especializada.
     También numerosos autores y artistas no franciscanos la
presentan como franciscana. Por ejemplo, el autor anónimo
cisterciense, mencionado antes, que confeccionó la primera vida de
santa Isabel ya en 1236, un año después de su canonización; dice
que “vistió el hábito gris de los frailes menores”. Nos podemos
preguntar de nuevo, ¿qué religión franciscana, sin monasterios, fue
la que asumió entonces Isabel si no fue la de la penitencia predicada
por san Francisco y sus frailes?

5. Fundadora de una comunidad religiosa

5.1.     Juntamente con los Franciscanos o después de ellos, Conrado
de Marburgo fue su confesor y director espiritual. Era un predicador
pobre y austero, sacerdote secular o tal vez cisterciense. El papa lo
nombró visitador de los monasterios de Alemania, predicador de la
cruzada y, posteriormente, inquisidor general. Luis, esposo de Isabel,
le confió el cuidado de su familia en su ausencia (1226), cuando
Isabel lo había aceptado expresamente, por propia voluntad, como
guía y confesor precisamente porque era pobre (L). Isabel le
prometió obediencia y fue fiel a sus consignas, interpretándolas a su
manera, según le inspiraba el Señor.
Bajo su guía, Isabel llevó en el castillo de Wartburgo vida
penitencial. Siguió espontánea y libremente las huellas de Francisco,
dedicada a la oración, a renuncias austeras y al servicio de los
humildes y desamparados. Aunque había aprendido este estilo de
vida de los Franciscanos, la primera profesión de penitente la hizo
en manos de Conrado, pero no la hizo sola.
     Hubiese podido ser una penitente solitaria, pero no fue así.
También ella, como Francisco, tuvo compañeras con quienes
compartir su primer proyecto de vida penitencial. Sus doncellas
Guda, Isentrudis y la sirvienta Isabel prometieron también
obediencia al maestro Conrado, el celibato y no usar de los bienes
adquiridos injustamente. Formaron así con ella una fraternidad
penitencial en el castillo de Marburgo. Conrado vino a ser el visitador
de aquella pequeña fraternidad, como prescribía la regla antigua, el
Memoriale. Este reglamento organizaba la orden penitencial en
fraternidades puestas bajo la jurisdicción del obispo y los visitadores
que éste designaba. Los visitadores no tenían que ser necesariamente
Franciscanos. San Francisco en la regla no bulada (1221) ordena que
“ninguna mujer en absoluto sea recibida a la obediencia por algún
hermano, sino que, una vez aconsejada espiritualmente, haga
penitencia donde quiera” (cap. XII). Así entendemos bien por qué la
profesión de penitente de Isabel fue en las manos de Conrado.
     Era una pequeña fraternidad de oración y vida ascética bajo su
superior-visitador, Conrado. Isabel les indicaba lo que podían comer
o beber, después de haber revisado la procedencia de los alimentos,
fieles a las ordenanzas del maestro (L). Después de la muerte de su
esposo, ellas la acompañaron en su destierro del castillo hacia el
reino de los pobres. En las horas amargas de soledad y abandono,
sostuvieron el ánimo de la princesa mendiga y fueron animadas por
ella a cumplir la voluntad del Señor.

5.2.     Con su segunda profesión pública de penitente, el Viernes
Santo de 1228, se consolidó esta fraternidad en una comunidad de
hermanas que profesaron como ella, vistieron como ella y se
empeñaron en el mismo propósito de esparcir la misericordia de
Dios. Se trataba de una vida religiosa plena, para mujeres profesas,
sin clausura estricta y dedicadas a una labor social: servicio a los
pobres, marginados, enfermos, peregrinos, educación y enseñanza...
     Las alusiones a una comunidad religiosa contenidas en el
Libellus son bastantes y claras. Si somos justos en las deducciones,
hemos de reconocer que fundó una congregación femenina
penitente. No olvidemos que los penitentes eran personas
consagradas, como se desprende de las bulas de Gregorio IX y
antecesores; no eran simples seglares ni “semirreligiosas”, como a
veces han escrito los que desconocen el tema de la orden de
penitencia.
     Pero la aprobación canónica de un tal estilo de vida
comunitaria, sin clausura estricta, tuvo que esperar siglos. Las
instituciones religiosas femeninas dedicadas al cuidado de enfermos
y necesitados, a la enseñanza y educación de la infancia y juventud, y
tantas obras de misericordia, no fueron reconocidas por la Iglesia
hasta después de superar el concepto de clausura papal rigurosa
decretada por el concilio de Trento para todas las monjas y religiosas
profesas.

5.3.     El papa Gregorio IX, en la bula de canonización, afirma que
Isabel vistió el hábito de religiosa: “religionis habitum induit”.
     Las cuatro sirvientas y compañeras religiosas, que declararon
en el proceso de canonización, fueron Guda, Isentrudis, Isabel e
Irmingarda las que vivieron más tiempo en su compañía, pero
aparecen al menos dos más. De ellas se afirma expresamente que
eran religiosas y como tales eran reconocidas. Las cuatro se refieren
al hábito recibido, el de la penitencia. Con ella llevaban vida religiosa
en común: comían y trabajaban juntas, salían juntas a visitar las casas
de los pobres y les mandaba llevar alimentos para repartir a los
necesitados. Al regresar, las instaba a orar. El trato con sus sirvientas
era muy cariñoso; alternaba con ellas como con amigas queridas y
les ordenó que la trataran familiarmente de tú, aunque era la señora.
     Guda, la amiga de infancia, recibió el hábito como Isabel.
Isentrudis la había acompañado durante cinco años, aún en vida del
marido. Es la que demuestra que conoce más profundamente los
pormenores de su interioridad: su intensa oración y piedad, sus
parcas costumbres en la comida y bebida, las disciplinas, su gozo
infantil, el trabajo manual de hilado para túnicas de los frailes
menores e indigentes, la asistencia a leprosos, desvalidos y niños, las
amonestaciones a padres, el trato riguroso de su director espiritual,
Conrado de Marburgo, sus azotes y empeño en “romper su
voluntad”...
     La sirvienta Isabel confiesa que tomó también el hábito en esta
comunidad religiosa y nos da un detalle precioso: La Santa
preparaba la comida para los pobres junto con sus sirvientas,
“dedicadas a Dios y con hábito gris”. La expresión latina que en el
texto se aplica a las sirvientas es, “Deo devotis”; expresa claramente
su profesión religiosa en la vida penitencial, como se hacía en la
literatura del tiempo.
     Irmingarda, “religiosa vestida con hábito gris”, nos recuerda el
cariño que sentía Isabel, como Francisco, por los leprosos, los
humillados, los excluidos de la sociedad. Y cuenta como, muerto su
marido, el cuñado no le permitió disponer de sus bienes.
Ciertamente, Isabel hubiese podido participar como un pobre más
de las limosnas que se repartían en las curias principescas, pero ella
lo rechazó y prefirió sustentarse con el trabajo de sus manos o con
la mendicidad: “elegit abiecta esse et opere manuum eius velud
questionaria cibum adquirere” (L). ¿No era éste el consejo de
Francisco, de trabajar y mendigar?
     Hildegundis es otra religiosa, pero no fue llamada a declarar.
Es la doncella que, por un error de Isabel, recibió unos tijeretazos en
su hermosa cabellera. En el reparto de alimentos y limosnas, Isabel
no quería que un mismo pobre acudiera a recibir limosna dos veces
en detrimento de los demás. Para evitarlo amenazó con cortar el
pelo a los infractores. Hildegundis fue acusada falsamente e Isabel
quien, ni corta ni perezosa, mandó cercenarle su llamativa cabellera.
Cuando, admitida su inocencia, la llamó para consolarla, la invitó a
seguir una vida mejor y entrar en el servicio del hospital “tomando el
hábito religioso”.

5.4.     Conrado de Marburgo confiesa, en su carta al papa o Summa
vite
, que apartó de Isabel a sus compañeras más queridas y la dejó
sólo en compañía de una religiosa plebeya y una vieja noble sorda y
austera, para que se ejercitara en la humildad y en la paciencia.
Aunque confiese que lo hizo para que progresara en la virtud, como
ella deseaba, los historiadores han visto en ello un ramalazo de
sadismo del maestro. Pero, teniendo en cuenta que Conrado había
sido visitador de monasterios y ejercía de visitador de aquella
comunidad, este supuesto alejamiento de las compañeras religiosas,
¿no podría interpretarse como una medida para deshacer aquella
congregación incipiente que no cumplía con la legalidad canónica?
Así, antes que atribuirlo a la crueldad del maestro sería más plausible
pensar en el celo por la ley, de la que hizo gala el tutor de Isabel en
toda su actuación.

5.5.     Si Isabel era religiosa, como confirmaba el pontífice claramente
en su bula, si sus compañeras habían profesado como ella y vestían
su mismo hábito, hemos de preguntarnos, ¿cuál era aquella religión
u orden que habían abrazado? La respuesta salta a la vista: solamente
podían ser miembros de la Orden de la penitencia, llamada después
Tercera Orden Franciscana, la que predicaban y extendían los frailes
menores.
      La regla de los penitentes, el Memoriale propositi, no
contemplaba la institución penitencial como una orden jerárquica,
con superiores propios, sino como una entidad formada por
fraternidades diocesanas. No incluía, por tanto, ninguna
connotación monástica ni de vida común en conventos. Estaba
destinada a regular la vida consagrada en el mundo. Pero los
penitentes que asumían tal regla y hábito eran religiosos, Deo devoti,
comprometidos con el servicio de Dios. No eran simples seglares,
aunque siguieran viviendo en el mundo, eran personas consagradas.
Llevaban una vida de piedad y renuncia. Muchos de ellos se
dedicaban a difundir la misericordia de Dios entre los menesterosos,
como lo hizo santa Isabel. Para describir su vida y entender la
Orden de la penitencia, hemos de leer la carta de Francisco a todos los
fieles penitentes
desde esta perspectiva.
     Isabel añadió a todas las exigencias de la regla la vida en
comunidad con sus sirvientas para hacer más efectiva la misericordia
y la oración. Isabel no fue la única que socializó la vida penitencial
franciscana, pero es la más significativa de las fundadoras, la que
llevó el ejercicio de la caridad a extremos insospechados. Fue
pionera sin saberlo. Sin reticencias podemos concluir que Isabel fue
una religiosa profesa penitente al estilo de Francisco. Vivió
intensamente los rasgos capitales de la espiritualidad penitencial
franciscana y fundó una comunidad consagrada al servicio de Dios y
de los menesterosos.

5.6.     Durante siglos, la vida penitencial franciscana ha sido mal
interpretada cuando se la ha presentado como una institución
destinada a seglares y casados. Con el Derecho Canónico actual
podemos entender mejor la vida de aquellos penitentes, como vida
consagrada en el mundo.
     Pues bien, muchos de estos penitentes buscaron, a lo largo de
siglos, una vida religiosa más comprometida en eremitorios o en la
vida comunitaria, como hiciera el mismo Francisco inicialmente.
Entre estos penitentes santa Isabel ocupa un lugar eminente. Pero
hubo otras mujeres que recorrieron un camino semejante.
Mencionemos a Rosa de Viterbo (1235-1253), Margarita de Cortona
(1247-1297) y Ángela de Foliño (1248-1309), entre otras, que
aglutinaron igualmente pequeñas comunidades de compañeras bajo
la regla de la penitencia franciscana para hacer misericordia.
     Tales congregaciones no fueron aprobadas por la Iglesia,
porque las comunidades femeninas religiosas de vida activa no se
contemplaban en el Derecho Canónico. De este mayor compromiso
evangélico de los penitentes, después llamados Terciarios, surgió en
diferentes épocas y lugares la Tercera Orden Regular.
     Si ciertos historiadores dudan del franciscanismo de Isabel,
puede ser debido al desconocimiento de la Orden de penitencia
franciscana en sus orígenes. El Memoriale estaba ciertamente
dedicado “a los que vivían en sus casas”, pero ya entonces los había
que las habían dejado para retirarse a lugares apartados de oración y
renuncia. Otros formaron comunidades para vivir más intensamente
su consagración. Ahí está el ejemplo de santa Isabel.

5.7.     La pregunta que hemos de hacernos es: Si Gregorio IX declara
que Isabel era religiosa ¿por qué no dice de qué religión formaba
parte o por qué no aprobó la fraternidad fundada por ella? La Iglesia
no contemplaba entonces que las mujeres profesas como penitentes
vivieran en comunidad sin clausura papal, dedicadas a una obra
apostólica. Todas las comunidades que surgieron entonces fueron
conducidas a la vida monástica. Los estados de la mujer, el natural y
el canónico, eran el matrimonio o el monasterio cerrado. La vida
religiosa plena fuera de un monasterio y el apostolado público desde
una vida en comunidad no se reconocía para las mujeres. Peor aún,
la mujer no ligada en matrimonio o no encerrada en un monasterio
se veía como un peligro para los varones. Se la veía como la
heredera de Eva que sedujo a Adán.
     Por este tiempo, encontramos otra seguidora de Francisco,
Clara de Asís, que tuvo la dicha de gozar de un trato personal con él
y dejarse captar por su mensaje. Después de años de incertidumbres
y búsqueda, su comunidad, inicialmente penitencial, encontró el
seguimiento de Cristo a través de la oración y de la contemplación
en la vida monacal enclaustrada. Clara optó por el oficio de María de
Betania y quedó así encerrada entre los muros de San Damián, sin
tener la oportunidad de traducir en obras el mismo estilo de vida
apostólica que llevaban Francisco y sus compañeros ni desarrollarla
en una actividad benéfica como Isabel. La vida monacal era la única
forma canónica admitida por la Iglesia para las comunidades
religiosas de mujeres.
     Isabel, sin embargo, supo coordinar ambas actitudes, la de la
intimidad con Dios, como María, pero también la del servicio activo
a los pobres como Marta a Jesús. Si su opción existencial fue la
consagración a Dios y a la caridad activa entre los menesterosos, no
tenemos otro nombre para definirla que el que usó el papa:
“religiosa”.
     Sabemos que el cardenal Hugolino, futuro papa Gregorio IX,
intervino en la monacalización de muchas comunidades femeninas,
entre ellas también las Clarisas. Tenía que saber muy bien que Isabel
no había sido monja de clausura y que su comunidad religiosa no
encajaba en las pautas canónicas de entonces. El hecho de aprobar
una tal institución, como la de Isabel, exigía unos cambios radicales
en la concepción que se tenía de la mujer en el Derecho Canónico y
como miembro de la Iglesia. Y estos cambios no llegaron hasta
siglos más tarde.
     No es de extrañar pues que la hija de Isabel, Gertrudis, no
siguiera los pasos en la congregación fundada por su madre, porque
no era canónica ni había sido aprobada. Pero llegó a ser abadesa en
un monasterio premonstratense y también proclamada santa.
     En tiempos de Isabel, el obispo belga, Jacobo de Vitry, logró
la aprobación de un reglamento para mujeres piadosas, con una
cierta vida comunitaria: eran las beguinas o beatas. Crear nuevas
reglas estaban prohibido por el concilio Lateranense IV (1215). Sin
embargo, estos beguinajes o beaterios se concebían en Bélgica como
conjuntos de viviendas particulares con algunas dependencias
comunes y estaban cercados por fuertes muros; por tanto, también,
en cierta manera, con clausura.

5.8.     El concilio de Trento, en la segunda mitad del s. XVI,
reafirmó la clausura total para todos los monasterios de mujeres
profesas. En tiempos posteriores fue reconocida canónicamente la
creatividad de Isabel y de tantas otras santas mujeres, empeñadas en
hacer presente con su corazón, sus manos y su palabra la
misericordia del Padre en ambientes menesterosos de la sociedad.
     Hoy día las congregaciones femeninas TOR son unas 400 con
unas cien mil religiosas profesas que siguen las huellas de Isabel y
pueden llamarse sus herederas. Ellas no tienen limitado el ejercicio
de la misericordia por unos muros monásticos infranqueables.
Tampoco faltan las seguidoras de Isabel en la vida contemplativa, la
otra faceta distintiva de esta santa. No en vano, santa Isabel ha sido
proclamada patrona de toda la Tercera Orden Franciscana regular y
secular, con todo su vasto abanico de carisma contemplativo y
misericordioso.

6. Princesa y penitente misericordiosa

6.1.     El aspecto más destacado en la vida de Isabel ha sido siempre
su misericordia, como ya hemos mencionado. En las vidrieras
monumentales de su basílica en Marburgo (Alemania) viene
representada ejerciendo las obras de misericordia. Marburgo es la
ciudad de su viudedad donde ejerció su misericordia con plenitud y
murió. La misericordia configura también el carisma de toda la
Tercera Orden Franciscana a lo largo de su historia. No se puede
entender ni a santa Isabel ni a la Orden franciscana de la penitencia
sin el servitium caritatis.
     Benedicto XVI nos ha recordado que el amor ya no es sólo un
“mandamiento”, sino la respuesta al don del amor, con el cual Dios
nos viene al encuentro. El servicio del amor es fundamental en la
Iglesia y en toda vida que se precie de ser evangélica. “Siempre habrá
sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad.
Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las
que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al
prójimo” (DC 28b).
     La breve vida de Isabel está saturada de servicio amoroso, de
gozo y de sufrimiento. El clamor de los pobres, de los enfermos, de
los marginados subía hasta la cima del castillo de Wartburgo y
resonaba cada vez con más fuerza en su corazón, cuando era todavía
la gran condesa. El ambiente que se respiraba en la corte era de
envidias y ambiciones; de guerras y conquistas; de lujo y derroche.
Su prodigalidad y trato con los indigentes provocaba escándalo; no
encajaba en su medio. Muchos vasallos la tenían como una loca.
Aquí encontró una de sus grandes cruces: crucificada entre la
sociedad a la que pertenecía y la de aquellos que desconocían la
misericordia.
     Ejerciendo la plenitud de su poder, cuando era todavía la gran
condesa, en ausencia de su marido - como indicamos antes -, tuvo
que afrontar las calamidades de una carestía general que asoló el
país. No dudó en vaciar los graneros del condado y de las
posesiones de su esposo para socorrer a los menesterosos. Vendió
vestidos y alhajas; suministró herramientas a los que podían trabajar.
Demostró que también entendía de economía y sabía que era mejor
una caña de pescar en la mano, que un pescado. De vuelta a casa, su
marido no la reprendió, porque conocía el corazón de su esposa y
compartía los mismos ideales.

6.2.     Isabel no era de los que reparten responsabilidades a los
demás para librarse de ellas. Servía personalmente a los abatidos, a
los pobres y enfermos tanto en el hospital como fuera. Ella misma
se ensuciaba las manos. Su caridad era de hechos, no de palabras. La
contemplamos como dominada por una fuerza superior, por la
imperiosa necesidad de amar, de darse, de desparramar bien.
     Su entrega a los menesterosos aparece como un gesto natural,
sin esfuerzo, pero no fue así. Le costó horrores familiarizarse con la
miseria y con las llagas de la sociedad; penetrar en los tugurios
malolientes; lavar y vendar heridas; hacerse cargo de niños
abandonados... Cuidó leprosos, la escoria de la sociedad, como
Francisco. Conrado ingenuamente confiesa que no sabe dónde
aprendió el arte de curar. Tal vez jamás entendió que el corazón es
el gran maestro de la vida. Día a día, hora a hora, pobre a pobre,
vivió y gastó la misericordia de Dios en el río de dolor y de miseria
que la envolvía.
     En los sedientos, hambrientos, enfermos, leprosos y
desventurados, Isabel descubrió a Cristo (Mt. 25, 40). El enfermo
concreto que atendía era Cristo para ella. Esto le dio fuerza para
vencer su repugnancia natural, tanto que llegó hasta a besar las
heridas purulentas. El descubrimiento de Cristo presente en el
pobre, lo celebra el “legendario milagro” del desvalido escondido en
la cama matrimonial. Cuando su marido apartó la cubierta, apareció
convertido en la imagen de Cristo. ¿Quién no recuerda a Francisco
que señala en su testamento como el punto de inflexión radical de su
vida hacia la vida penitencial fue el abrazo que dio al leproso?

6.3.     A la hora de morir, declaró expresamente que todo lo que le
quedaba pertenecía a los pobres, excepto el hábito de penitencia con
el que quería ser sepultada. Sin posesiones, sin propiedades, sin
equipaje salió al encuentro del Señor.
     Pero Isabel usó no sólo del amor sino también de la
inteligencia en su obra asistencial. Sabía que la caridad
institucionalizada es más efectiva y duradera. En vida de su marido,
ya erigió un hospital en Eisenach y luego, en Marburgo, la obra
predilecta de su viudedad. Supo que las personas son el factor
decisivo para su buen funcionamiento y para ello fundó una
fraternidad religiosa con sus amigas y sirvientas que lo atendieran.
Lo vimos antes.
     Hemos aludido también a su trabajo; lo hacía con sus propias
manos: en la cocina, preparando la comida; en el servicio de los
indigentes hospitalizados; fregaba los platos y alejaba las sirvientas,
casi todas de baja alcurnia, cuando éstas se lo querían impedir.
Aprendió a hilar lana, como también a coser vestidos. Ofrecía en el
altar el dinero que ganaba con su trabajo manual. El conde Pavía,
emisario de su padre, que quería llevársela a Hungría, después de la
muerte de su marido, declaró: “Nunca se vio una hija de rey hilando
lana”.

7. Isabel contemplativa y santa

7.1.     La santidad aparece en la historia de la Iglesia como una
locura, la locura de la cruz, de la que nos habla san Pablo. Y la de
Isabel es una auténtica locura. Una locura que sus cortesanos
entendieron como una provocación, pero que los humildes gozaron
y admiraron. ¿Cuáles son las características de la santidad de Isabel?
¿Dónde está la fuente de donde mana? Solamente podemos ofrecer
algunas indicaciones para estimular la reflexión particular en la
celebración de este año aniversario.
     En la vida de Isabel brilla con singular esplendor la supremacía
de la caridad. Precisamente la caridad constituye el meollo de la
santidad y del evangelio. Su persona es un canto al amor, plasmado
en servicio y abnegación, volcado a sembrar el bien. Pero este amor
tiene una dimensión vertical, está alimentado por el otro amor, el
amor de Dios y que se eleva a Él. Como un día explicó Jesús, se
trata de un único amor que abrasa el alma de Isabel en sus dos
vertientes. Al fin y al cabo, el examen final de la vida será sobre el
amor. Ésta es la nota suprema de su santidad.

7.2.     Descendiendo en nuestras consideraciones, si analizamos las
declaraciones de los testigos inmediatos, de sus sirvientas y
compañeras, vemos que Isabel se propuso vivir el Evangelio
sencillamente, sin glosa diría Francisco, en todos los aspectos,
espiritual y material. Ella no dejó nada escrito, pero numerosos
pasajes de su vida sólo pueden entenderse desde una comprensión
literal del evangelio. Transplantó a su jornada los requerimientos de
Jesús hasta sus últimas consecuencias:
     - Si quieres ser perfecto ve, vende los que tienes, dáselo a los
pobres y sígueme (Mt 19,21). ¿No era esto lo que hicieron Francisco
y sus primeros compañeros? ¿No era el socorrer y dar a los
necesitados la obsesión de Isabel?
     - El que ama a su padre, madre e hijos (familia) más que a mí,
no puede ser digno de mí (Mt 10, 37). Y ella se desprendió hasta de
sus hijos, para dar un amor sin reservas a los infelices.
     - Al que te quite el abrigo, dale la túnica (Mt 5, 41). ¿No fue
desposeída por sus familiares? ¿No renunció a toda posesión a favor
de los demás?
     - El que quiera salvar su alma la perderá; el que la pierda la
salvará (Mc 8, 35). Perder el alma, ¿no es sacrificar la propia
voluntad? ¿Qué hizo ella sino sacrificar su voluntad ya desde niña?
     - Dios quiere compasión y no sacrificios (Mt 9, 13). Pues,
ambas cosas le consagró a Dios.
     - Quién reciba a un niño como éste me recibe a mí, dijo Jesús
(Mc 9, 37). Parece que Isabel quería tener siempre un niño o niña
cerca, para experimentar esta presencia de Jesús.

7.3.     Isabel hizo de su vida un seguimiento de Jesús, el que “pasó
haciendo bien”. Conjugó la vida activa y la contemplativa: “Mariam
induit, Martham non exuit” (L); se revistió de María pero no se
despojó de Marta. La ardiente fuerza interior de Isabel brotaba de su
contacto con Dios. Su oración era intensa, continua, a veces, hasta el
arrobamiento. La conciencia constante de la presencia del Señor era
la fuente de su fortaleza y alegría, de su compromiso con los pobres.
Tenía en quien confiar. Pero también el encuentro de Cristo en los
pobres estimulaba su fe y su plegaria.
     Acostumbraba orar de rodillas. “Cuando salía de su oración
privada, su rostro irradiaba un maravilloso esplendor y de sus ojos
salían como rayos de sol” (EC). Las sirvientas la sorprendieron en
un rapto místico; decía: “Si tú, Señor, quieres estar conmigo yo
estaré contigo y nunca quiero separarme de ti”.

7.4.     Su peregrinación hacia Dios está jalonada por pasos decididos
de desprendimiento interior hasta llegar al despojo total como Cristo
en la cruz. Se desprendió de su vida cortesana, de su hogar en
Wartburgo, de su condición de princesa, de privilegios, bienes y
seguridades, de su buen nombre ante los que la acusaban o
difamaban; se desprendió hasta de su amor maternal inmediato a sus
hijos. Al final no le quedó nada más que la túnica gris y pobre que
quiso conservar como símbolo y mortaja.
     Asombran las declaraciones de sus sirvientas sobre el gozo y la
paz que irradiaba Isabel. Su semblante resplandecía de gozo y paz.
El fondo de su alma era el reino de la paz. Hizo realidad la perfecta
alegría
enseñada por Francisco en la tribulación, en la soledad y en el
dolor. Cuando los magnates la insultaron y denostaron como
estúpida y loca, los aguantó con paciencia y gozo; le echaban en cara
que había olvidado pronto la muerte de su marido y se alegraba de
lo que debía entristecerla.
     “Hemos de hacer los hombres felices”, les decía a sus
sirvientas-hermanas. Era gozosa en extremo pero también, a veces,
las lágrimas fluían serenamente por su rostro.

8. Conclusión

     Isabel murió muy joven, a los 24 años. Expiró plácidamente
rodeada de sus compañeras queridas. Pasó por esta vida como un
meteoro luminoso y esperanzador. Derrochó con prisa todas las
fuerzas y gracias que Dios le había confiado. Encendió luces en la
oscuridad de muchas almas. Llevó el gozo a los corazones afligidos.
Nadie podrá contar las lágrimas que secó, las heridas que cicatrizó,
el amor que despertó.
     Es un espejo de perfección en el que pueden mirarse casados,
viudas, doncellas y penitentes (L). Su santidad es un ejemplo
universal, para seglares y religiosos; antes había sido seglar. Su
santidad fue una novedad rica en matices y eminentes virtudes,
como destacó el papa en la bula de canonización. Ya no eran sólo
las mártires o las vírgenes las que tenían acceso a la intimidad del
amor de Dios y al honor de los altares, sino también las esposas, las
madres y las viudas. Los milagros, que se contaron después de su
muerte, asombran. Pero lo más eminente de su vida es que tensó
todas las cuerdas del amor de su corazón como si fuese lo más
normal y simple.
     Sus compañeras fueron consideradas sirvientas pero, como
ella, fueron auténticas religiosas. Isabel recorrió el camino de la
perfección del amor cristiano siendo seglar, esposa y madre pero,
después de la profesión ya no fue una simple seglar, consagró su
vida plenamente a Dios y al alivio de la miseria humana.
     La Orden Tercera de san Francisco, la regular y la secular, se
proponen avivar la memoria de su santa patrona en el octavo
centenario de su nacimiento y proponerla como luz y ejemplo del
compromiso evangélico. La familia franciscana quiere honrar la
primera mujer que alcanzó la santidad siguiendo las huellas de Cristo
según la “forma vitae”de Francisco. Isabel es la mujer que se vació
de sí misma para llenarse de Cristo.
     Si evocamos su nacimiento, su personalidad singular y su
sensibilidad, es para que, a través del conocimiento y de la
admiración, nos convirtamos en instrumentos de paz, aprendamos a
verter un poco de bálsamo en las heridas de nuestro entorno, a
humanizar nuestra circunstancia, a secar algunas lágrimas.
Derramemos corazón donde no campea la misericordia del Padre.
El compromiso que vivió Isabel estimule nuestro compromiso. Su
ejemplo e intercesión iluminarán nuestro camino hacia el Padre,
fuente de todo amor;
el Bien, todo bien, sumo bien; la quietud y el gozo.

Fr. Ilija Živkovic, TOR
Ministro Generale
Encarnación Del Pozo, OSF
Ministro Generale
Sr. Anisia Schneider, OSF
Presidente CFI – TOR
 
FUENTES PRINCIPALES


1. Conrado de Marburgo, Epistola, también llamada Summa Vitae
[Síntesis biográfica]; esta carta al papa es la fuente primera (EC).
2. Libellus de dictis quatuor ancillarum [Librito de las declaraciones de
las cuatro doncellas] (L).
3. Capellán Bertoldo, Vita Ludovici, monje benedictino, [Vida de Luis] (VL).
4. Cesáreo de Heisterbach, cisterciense, Vita sancte Elysabeth lantgravie
[Vida de Santa Isabel gran condesa], escrita en 1236.
5. Anónimo de Zwettl, cisterciense, Vita Sanctae Elisabeth, Landgravie
Thuringiae
[Vida de santa Isabel gran condesa de Turingia], Austria, 1236.
6. Anónimo Franciscano, Vita beate Elisabeth [Vida de santa Isabel],
de data incierta, finales del s. XIII.
7. Dietrich de Apolda, dominico, Vita S. Elisabeth, entre 1289 y 1291.
 


Las informaciones del evento
 
las fechas | de 17 noviembre 2006
a 17 noviembre 2007



El índice


 

Santa Isabel de Hungría

 

(fecha del bronze: 1240 ca.)

 

Penitentia Coronat

 

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